¿QUÉ ES SER SANTO?
EXHORTACIÓN APOSTÓLICA "GAUDETE ET EXSULTATE" DEL SANTO PADRE FRANCISCO SOBRE EL LLAMADO A LA SANTIDAD EN EL MUNDO ACTUAL. (Fragmento)
"Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra.
¿Eres consagrada o consagrado? Sé santo viviendo con alegría tu entrega. ¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales.
Deja que todo esté abierto a Dios y para ello opta por él, elige a Dios una y otra vez.
Cuando sientas la tentación de enredarte en tu debilidad, levanta los ojos al Crucificado y dile: «Señor, yo soy un pobrecillo, pero tú puedes realizar el milagro de hacerme un poco mejor».
Esta santidad a la que el Señor te llama irá creciendo con pequeños gestos. Por ejemplo: una señora va al mercado a hacer las compras, encuentra a una vecina y comienza a hablar, y vienen las críticas. Pero esta mujer dice en su interior: «No, no hablaré mal de nadie». Este es un paso en la santidad. Luego, en casa, su hijo le pide conversar acerca de sus fantasías, y aunque esté cansada se sienta a su lado y escucha con paciencia y afecto. Esa es otra ofrenda que santifica. Luego vive un momento de angustia, pero recuerda el amor de la Virgen María, toma el rosario y reza con fe. Ese es otro camino de santidad. Luego va por la calle, encuentra a un pobre y se detiene a conversar con él con cariño. Ese es otro paso.
Así, bajo el impulso de la gracia divina, con muchos gestos vamos construyendo esa figura de santidad que Dios quería, pero no como seres autosuficientes sino «como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios»
«La santidad no es sino la caridad plenamente vivida»
Tú también necesitas concebir la totalidad de tu vida como una misión. Inténtalo escuchando a Dios en la oración y reconociendo los signos que él te da. Pregúntale siempre al Espíritu qué espera Jesús de ti en cada momento de tu existencia y en cada opción que debas tomar, para discernir el lugar que eso ocupa en tu propia misión. Y permítele que forje en ti ese misterio personal que refleje a Jesucristo en el mundo de hoy."
Roma, el 19 de marzo, Solemnidad de San José, del año 2018.
SANTOS Y BEATOS
SANTOS ARGENTINOS
San Héctor Valdivielso Sáez nació el 31 de octubre de 1910 en Buenos Aires, Argentina, en el seno de una familia española profundamente cristiana. Cuando era niño, sus padres regresaron a España y allí creció y descubrió su vocación religiosa. Ingresó muy joven en la congregación de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, conocidos como Hermanos Lasallanos, tomando el nombre religioso de Hermano Benito de Jesús. Desde sus primeros años de formación manifestó un gran amor a Dios, espíritu de oración y dedicación a la educación cristiana de niños y jóvenes.
Ejerció su misión como maestro en escuelas lasallanas de España, destacándose por su sencillez, alegría y cercanía con los alumnos. Vivía su tarea educativa como una verdadera misión evangelizadora, buscando formar a los jóvenes en la fe, los valores cristianos y el amor al prójimo. A pesar de su corta edad, sus compañeros reconocían en él una profunda madurez espiritual y gran fidelidad a Cristo.
Durante la persecución religiosa desatada en España en el contexto de la Guerra Civil, muchos religiosos fueron arrestados por causa de su fe. Héctor Valdivielso fue detenido junto a otros hermanos lasallanos en 1934, en Asturias. Aun frente a amenazas y sufrimientos, permaneció firme en su fe cristiana y en su consagración religiosa. Finalmente fue fusilado el 9 de octubre de 1934, con apenas 23 años, ofreciendo su vida por fidelidad a Cristo y a la Iglesia.
Fue beatificado por San Juan Pablo II en 1990 y canonizado el 21 de noviembre de 1999 junto a otros mártires españoles del siglo XX. La Iglesia lo reconoce como mártir de la fe y modelo de valentía cristiana, entrega educativa y fidelidad al Evangelio hasta el final. Por haber nacido en Argentina, es considerado el primer santo argentino canonizado, aunque toda su vida religiosa y su martirio ocurrieron en España.
San José Gabriel del Rosario Brochero, conocido popularmente como el Cura Brochero, nació el 16 de marzo de 1840 en Santa Rosa de Río Primero, provincia de Córdoba, Argentina. Desde joven sintió el llamado al sacerdocio y fue ordenado sacerdote en 1866. Inspirado por un profundo amor a Cristo y al pueblo, dedicó toda su vida al servicio pastoral de las comunidades más humildes y alejadas de las sierras cordobesas.
En 1869 fue enviado al extenso y pobre curato de San Alberto, en el Valle de Traslasierra. Allí comenzó una misión extraordinaria: recorría enormes distancias a lomo de mula para visitar enfermos, celebrar sacramentos y acompañar espiritualmente a las familias serranas. Su cercanía con la gente, su sencillez y su entrega total hicieron que el pueblo comenzara a llamarlo cariñosamente “el Cura Gaucho”.
El centro de su obra evangelizadora fueron los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola. Convencido de que podían transformar la vida de las personas, organizó tandas de ejercicios para miles de hombres y mujeres, muchas veces trasladándolos personalmente desde lugares remotos. Gracias a su impulso se construyeron caminos, escuelas, iglesias, acequias y casas de ejercicios, buscando no sólo el crecimiento espiritual sino también el desarrollo humano y social de la región.
Durante epidemias y tiempos difíciles asistió incansablemente a enfermos y pobres, sin preocuparse por su propia salud. A causa de ese servicio contrajo lepra, enfermedad que soportó con gran fe y humildad. Aun enfermo y casi ciego, continuó confesando, aconsejando y acompañando a su pueblo hasta los últimos años de su vida.
Murió el 26 de enero de 1914 en Villa del Tránsito, localidad que hoy lleva su nombre: Villa Cura Brochero. Fue beatificado en 2013 y canonizado por el Papa Francisco el 16 de octubre de 2016, convirtiéndose en el primer santo nacido y fallecido en Argentina. La Iglesia lo presenta como ejemplo de pastor cercano, misionero incansable y servidor humilde del pueblo de Dios.

En 1912 fue enviada a Bolivia, donde desarrolló gran parte de su misión apostólica. Allí conoció de cerca la pobreza, las dificultades de los trabajadores y el abandono que sufrían muchas mujeres y familias humildes. Movida por una profunda vocación misionera, fundó la Congregación de las Misioneras Cruzadas de la Iglesia, dedicada a la evangelización, la educación cristiana, la promoción humana y la ayuda a los más necesitados. Su espiritualidad estaba centrada en Cristo Crucificado y en el amor activo a la Iglesia, enseñando que la fe debía vivirse tanto en la oración como en las obras concretas de misericordia.
Impulsó hogares para pobres, misiones populares, formación cristiana y obras de asistencia social. También promovió el apostolado de los laicos y alentó una participación más activa de las mujeres en la vida evangelizadora de la Iglesia, algo especialmente significativo para su época.
En sus últimos años se trasladó a Argentina y estableció su residencia en Buenos Aires, donde continuó trabajando intensamente por el crecimiento y la organización de las Misioneras Cruzadas de la Iglesia. Desde allí fortaleció comunidades religiosas, acompañó la formación espiritual de las hermanas y promovió tareas pastorales, educativas y sociales en barrios humildes y sectores necesitados.
En Buenos Aires desarrolló especialmente actividades de catequesis, asistencia a mujeres vulnerables, acompañamiento de familias pobres y formación de laicos comprometidos con la vida cristiana. También colaboró con iniciativas de Acción Católica y con distintas obras apostólicas orientadas a unir evangelización y ayuda social. Durante esos años escribió orientaciones espirituales y organizó la expansión de su congregación en distintos países de América Latina.
Murió en Buenos Aires el 6 de julio de 1943 y fue enterrada allí inicialmente. Años más tarde, sus restos fueron trasladados a la casa de las Misioneras Cruzadas de la Iglesia en Oruro, donde descansan actualmente.
Fue beatificada por San Juan Pablo II en 1992 y canonizada por el Papa Francisco el 14 de octubre de 2018. La Iglesia la reconoce como ejemplo de entrega misionera, amor a los pobres y fidelidad generosa al Evangelio. -

San Artémides Joaquín Desiderio María Zatti nació el 12 de octubre de 1880 en Boretto, Italia. En el seno de una familia humilde y profundamente cristiana, emigró junto a sus padres a la Argentina cuando era adolescente, estableciéndose en la provincia de Bahía Blanca. Desde joven sintió una fuerte vocación de servicio y se acercó a la obra de los salesianos de Don Bosco, cuya espiritualidad marcaría toda su vida.
Ingresó en la congregación salesiana como coadjutor, es decir, como hermano religioso no sacerdote. Durante sus años de formación contrajo tuberculosis mientras cuidaba a un joven enfermo. Ante una situación muy delicada de salud, hizo una promesa a María Auxiliadora: si recuperaba la salud, dedicaría toda su vida al cuidado de los enfermos. Su recuperación fue considerada extraordinaria y desde entonces se entregó plenamente al servicio sanitario y espiritual de los más necesitados.
Fue destinado al hospital salesiano de Viedma, en la provincia de Río Negro, donde desarrolló durante décadas una inmensa labor como enfermero y farmacéutico. Recorriendo la ciudad en bicicleta, asistía a enfermos pobres, ancianos y abandonados, muchas veces sin cobrar nada y ofreciendo no sólo atención médica sino también consuelo espiritual. Su cercanía, sencillez y alegría hicieron que el pueblo lo llamara “el pariente de todos los pobres”.
Zatti vivía su misión cotidiana con profunda fe cristiana. Para él, cada enfermo era Cristo mismo. Su vida estuvo marcada por la humildad, la oración y una caridad incansable, convirtiéndose en un verdadero testimonio del Evangelio vivido en lo cotidiano. Nunca buscó reconocimiento personal; su mayor alegría era servir.
Murió el 15 de marzo de 1951 en Viedma, rodeado del cariño y gratitud de toda la comunidad. Fue beatificado por San Juan Pablo II en 2002 y canonizado por el Papa Francisco el 9 de octubre de 2022. La Iglesia lo presenta como modelo de servicio humilde, amor a los enfermos y entrega total a Dios en la vida diaria.-
Mama Antula, cuyo nombre completo era María Antonia de San José de Paz y Figueroa, nació en 1730 en Villa Silípica, provincia de Santiago del Estero. Provenía de una familia acomodada, pero desde muy joven sintió un fuerte llamado a dedicar su vida a Dios y al servicio de los más necesitados. A los quince años ingresó como laica consagrada en una comunidad vinculada a los jesuitas, donde recibió formación espiritual inspirada en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola.
En 1767, cuando la Compañía de Jesús fue expulsada de los territorios españoles de América, muchos pensaron que la obra espiritual de los jesuitas desaparecería. Sin embargo, Mama Antula decidió continuar esa misión. Aun en medio de prohibiciones, incomprensiones y peligros, recorrió miles de kilómetros a pie por el actual territorio argentino para llevar los Ejercicios Espirituales al pueblo. Su vida fue un verdadero testimonio de fe, valentía y confianza en la Providencia de Dios.
Vestida con un sencillo hábito negro y una gran cruz de madera, evangelizó tanto a pobres como a ricos, a criollos, indígenas y esclavos. Organizó retiros espirituales para miles de personas y ayudó especialmente a quienes sufrían abandono y necesidad. Se calcula que cerca de 70.000 a 80.000 personas participaron de los Ejercicios Espirituales impulsados por ella, algo extraordinario para la época.
En Buenos Aires fundó la Santa Casa de Ejercicios Espirituales, institución que aún existe y que se convirtió en un importante centro de oración y formación cristiana. Su profunda vida espiritual y su incansable labor evangelizadora hicieron que el pueblo comenzara a llamarla cariñosamente “Mama Antula”, nombre de raíz quechua que refleja cercanía y maternidad espiritual.
Murió el 7 de marzo de 1799 en Buenos Aires, dejando un inmenso legado de fe y servicio. El Papa Francisco la canonizó el 11 de febrero de 2024, convirtiéndose así en la primera santa argentina. La Iglesia la reconoce como ejemplo de entrega, misión y amor al Evangelio.
BEATOS ARGENTINOS
Nació en Santiago de Chile, el 5 de abril de 1891 y murió en Argentina el 22 de enero de 1904, a la edad de sólo 12 años. Su padre es un alto militar y jefe político de Chile. Una revolución derroca al gobierno y la familia Vicuña tiene que salir huyendo, desterrados a 500 kilómetros de la capital. Allá muere el papá y la familia queda en la miseria. Laura tiene apenas dos años cuando queda huérfana de padre. La mamá, con sus dos hijas, Laura y Julia, emprende un largo viaje hacia las pampas de Argentina. Allá encuentra un ganadero brutal y matón, y movida por su gran miseria, la pobre Mercedes se va a vivir con él en unión libre. El hombre se llamaba Manuel Mora. En 1900 Laura es internada en el colegio de las Hermanas Salesianas de María Auxiliadora en el colegio de Junín de los Andes. Durante su formación catequística con las monjas, Laura descubre que las relaciones como las que tiene su madre y Don Manuel no están bien vistas por la Iglesia, lo que le causa gran angustia y preocupación; ante esta realidad Laura decide ofrecer su vida a Dios, con tal de que la mamá abandone a ese hombre con el cual vive en pecado. En el colegio es admirada por las demás alumnas como la mejor compañera, la más amable y servicial. Las superioras se quedan maravilladas de su obediencia y del enorme amor que siente por Jesús Sacramentado y por María Auxiliadora. Laura muere el 22 de enero de 1904, no sin antes lograr que su madre lleve una vida santa. El Papa Juan Pablo II la beatificó el 3 de septiembre de 1988.
Nacida el 15 de agosto de 1821 en San Roque (Córdoba), María del Tránsito formó parte de una familia piadosa de once hermanos; ella y tres de sus hermanos consagraron sus vidas a Dios. Por ser la mayor, y a causa de la pérdida de sus padres, se dedicó al cuidado de sus hermanos menores. A los cincuenta y siete años de edad decidió fundar una congregación de mujeres misioneras con el ideal franciscano (Hermanas terciarias misioneras franciscanas). Su intención era promover las obras de caridad y misericordia y dar educación gratuita a las hijas de los pobres y desamparados. La nueva congregación tuvo una gran extensión y un rápido crecimiento vocacional. Murió el 25 de agosto de 1885 en la ciudad de Córdoba. Fue beatificada por san Juan Pablo II el 14 de abril de 2002

El Hospital de Niños, al cual es enviada, y que inmediatamente adopta como familia suya, la ve, primero, solícita cocinera, luego, convertida en responsable de la Comunidad, infatigable ángel custodio de la obra que, en torno a ella, se transforma gradualmente en familia unida por un único fin: el bien de los niños. Único programa expresamente formulado, es la frase recurrente: «Hacer el bien a todos, no importa a quién». Y se realizan así, con subvenciones que solo el cielo sabe cómo Sor M. Ludovica consigue obtener, salas de cirugía, salas para los pequeños yacentes, nuevas maquinarias, un edificio en Mar del Plata destinado a la convalecencia de los niños, una capilla hoy parroquia, y una floreciente chacra para que sus protegidos tuviesen siempre alimento genuino. Durante 54 años Sor M. Ludovica será amiga y confidente, consejera y madre, guía y consuelo, de cientos y cientos de personas in City Bell de toda condición social. El 25 de febrero de 1962 concluye su camino, pero quienes permanecen todo el personal médico en particular no olvidan, y el Hospital de Niños asume el nombre de «Hospital Superiora Ludovica».

Hijo del cacique Manuel Namuncurá y de la chilena Rosario Burgos, Ceferino nació en 1886; cursó sus estudios primarios en una escuela ubicada en la localidad de Tigre, provincia de Buenos Aires, y luego en el Colegio Pío IX de la ciudad de Buenos Aires. Decidió su vocación sacerdotal muy joven, pero por razones de salud los salesianos lo trasladaron a Viedma, en donde fue pupilo del colegio san Francisco de Sales. Allí monseñor Juan Cagliero, fundador de la obra de Don Bosco en la Patagonia, tomó a Ceferino Namuncurá como ahijado en 1898 y lo llevó a Italia para que fuera tratado de tuberculosis y para completar su formación teológica. Pronunció un emocionado discurso ante el papa san Pío X que lo recibió conmovido. Sobresalió por su humildad y docilidad. Murió en 1905. Fue beatificado en Chimpay, su pueblo natal en la provincia de Río Negro, el 11 de noviembre de 2007 bajo el pontificado del papa Benedicto XVI.

La Hermana María Crescencia Pérez (María Angélica), nació en San Martín, provincia de Buenos Aires, el 17 de agosto de 1897. Muy pronto se trasladó con su familia a la región de Pergamino, donde transcurrió su adolescencia en un clima de profunda fe religiosa, dedicándose a los estudios y al trabajo en los campos. En 1915 ingresó en el Noviciado de las Hijas de María Santísima del Huerto en Buenos Aires y en 1918 emitió sus votos religiosos. Los primeros años de su vida religiosa los dedicó a los niños como maestra de labores y como catequista, primero en la casa provincial y después en el colegio Nuestra Señora del Huerto de Buenos Aires. En 1924 se dedicó con el mismo entusiasmo a los enfermos, especialmente a los niños tuberculosos en el Sanatorio Marítimo Solarium de Mar del Plata. Luego se trasladó a Vallenar (Chile) donde algunas de sus Hermanas prestaban servicios en el hospital local. Allí transcurrió el último período de su vida, dedicada totalmente al servicio de los enfermos. Murió a los 35 años el 20 de mayo de 1932. En 1966 su cuerpo fue encontrado incorrupto y actualmente se encuentra en la Capilla del Colegio del Huerto de Pergamino.
19 de agosto Beato Gregorio Martos Muñoz Fue asesinado por odio a la fe en la guerra civil española. Nació en Chilecito, La Rioja, Argentina, el 3 de abril de 1908. Sus padres, a la Argentina en busca de un futuro mejor. En Chilecito, provincia de la Rioja, nació el siervo de Dios y recibió el Bautismo 9 días después en la Iglesia Parroquial del Sagrado Corazón de Jesús. Al cumplir 10 años, su familia regresó a España. Muy piadoso y guiado por el ejemplo de su madre Josefa, ingresó en el Seminario de Granada. Su entusiasmo era tal que concluyó un año antes de lo previsto sus estudios y fue nombrado formador del Seminario Menor. Cuando, por fin, fue ordenado presbítero; recibió la misión de la coadjutoría de El Ejido. Aunque su ministerio sólo pudo durar 3 años, los ejidenses apreciaron su entrega pastoral. Presto a socorrer al prójimo, vivía con austeridad y rechazó la herencia paterna. Su hermana Dolores cuenta que: “Cuando bautizaba o casaba a algún hijo de familia que no tenía medios, él nunca cobraba nada. En una ocasión bautizó al hijo de una familia gitana y se marcharon muy contentos porque, además de no cobrarle, les invitó a desayunar.” Detenido nada más iniciarse la Persecución Religiosa, el 21 de julio de 1936, lo encarcelaron en Dalías. Al día siguiente lo llevaron a la cárcel de Berja, dejándolo en libertad vigilada el 7 de agosto. El día 12 trató de escapar, pero fue descubierto en Peña Rodada. Quisieron que blasfemara sobre una medalla de la Madre de Dios, pero prefirió tragársela a profanarla. Completó su cautiverio en las prisiones de Berja y El Ejido. En la Albufera de Adra fue martirizado a sus 28 años, pidiendo morir antes que otros 2 prisioneros para darles la absolución. Falleció en Adra, Almería, España, el 19 de agosto de 1936. Don José Peris Ramos lo sepultó. Su hermana recuerda que: “Mi madre nos pidió a todos los hermanos que no tomáramos venganza con la muerte de mi hermano, que había que aceptarlo con paciencia porque Dios lo había permitido así.” Fue beatificado el 25 de marzo de 2017 junto con otros 114 mártires en Aguadulce, Almería, España, por el cardenal Ángelo Amato.
A los 17 años hace sus primeros Ejercicios Espirituales y allí descubre su vocación de consagrar su vida a Dios. No puede realizarla porque en Argentina y sus alrededores solo había conventos de clausura. Se dedica a promover y sostener la obra de los Ejercicios. A los 29 años se casa con el Coronel Zavalía, viudo con dos hijos. Su marido fue nombrado edecán del Presidente Derqui y se van a vivir a Paraná, en esta ciudad tienen una hija que se muere al nacer. Regresan a Córdoba y tiempo más tarde Catalina queda viuda, allí, a los 42 años renace su primera vocación y surge su Sueño Dorado: Formar una comunidad de Señoras al servicio de las mujeres más vulnerables para catequizarlas, enseñarles a trabajar y vivir con ellas, “como los jesuitas pero en femenino”. Pasan 7 años de pruebas, contratiempos, oscuridades en donde Catalina mantiene su deseo en alto porque “esa idea estaba entrañada en mi alma y aunque quisiera no podía quitármela” y en esos intentos “encontraba consuelo en Dios de quien todo lo esperaba cuya confianza no me faltó jamás”. Finalmente su “corazón se halló satisfecho” el 29 de septiembre de 1872 en nacen las Hermanas Esclavas del Corazón de Jesús. Primera Congregación de vida apostólica de la Argentina. Por pedido del Santo Brochero y la decisión de Catalina en 1880, 16 hermanas cruzan las Sierras Grandes a caballo para atender la Casa de Ejercicios y el Colegio de Niñas fundados por el Cura. El Sueño Dorado de Catalina se transformó en un Vuelo sin Fronteras constituyendo una Gran Familia que Ama y Repara extendida por Argentina, Chile, España y Benín (África). Catalina de María Rodríguez una mujer apasionada por el Corazón de Jesús y por la Humanidad.
Como sacerdote y luego obispo, desarrolló una intensa labor pastoral inspirada en el Evangelio y en las enseñanzas del Concilio Vaticano II. En 1968 fue nombrado obispo de La Rioja, donde impulsó una Iglesia cercana al pueblo, comprometida con la dignidad humana y la promoción de los más necesitados. Visitaba comunidades rurales, acompañaba a trabajadores y campesinos, y alentaba una fe vivida en la solidaridad y la justicia cristiana.
Su acción pastoral provocó incomprensiones y persecuciones en un contexto social y político muy difícil para la Argentina. A pesar de amenazas y ataques, Angelelli permaneció fiel a su misión evangelizadora, defendiendo siempre el valor de la vida humana y la dignidad de los pobres desde la fe en Jesucristo. Su lema episcopal era: “Justicia y Paz”.
El 4 de agosto de 1976 murió en la provincia de La Rioja cuando el vehículo en el que viajaba fue violentamente atacado, hecho que durante años se presentó como un accidente. La Iglesia reconoció posteriormente que fue asesinado por odio a la fe, convirtiéndolo en mártir. Junto con él fueron también reconocidos como mártires el sacerdote Carlos de Dios Murias, el religioso Gabriel Longueville y el laico Wenceslao Pedernera.
Fue beatificado el 27 de abril de 2019 en la ciudad de La Rioja. La Iglesia lo recuerda como un pastor sencillo y valiente, profundamente unido a su pueblo y testigo fiel del Evangelio hasta entregar su vida.
Como sacerdote desarrolló una intensa labor pastoral en distintas comunidades, caracterizándose por su cercanía con los más humildes y su compromiso evangelizador. Fue enviado a la provincia de La Rioja, donde trabajó junto a comunidades rurales y acompañó especialmente a trabajadores y familias necesitadas. Su ministerio sacerdotal estaba profundamente unido al mensaje del Evangelio, promoviendo la dignidad humana, la justicia y la paz desde la fe cristiana.
Carlos Murias trabajó estrechamente con el obispo Enrique Angelelli y otros agentes pastorales en una Iglesia comprometida con los pobres y cercana al pueblo. En un contexto de gran violencia y persecución en Argentina durante la década de 1970, comenzó a recibir amenazas debido a su acción pastoral y a su defensa de los más vulnerables. Sin embargo, permaneció fiel a su vocación sacerdotal y continuó sirviendo con humildad y valentía.
El 18 de julio de 1976 fue secuestrado junto al sacerdote francés Gabriel Longueville en la localidad riojana de Chamical. Ambos fueron asesinados por odio a la fe después de sufrir graves torturas. La Iglesia reconoció su muerte como martirio, al considerar que entregaron su vida permaneciendo fieles al Evangelio y a su misión sacerdotal.
Fue beatificado el 27 de abril de 2019 junto con Enrique Angelelli, Gabriel Longueville y Wenceslao Pedernera. La Iglesia lo recuerda como un sacerdote franciscano alegre, cercano y valiente, testigo del amor de Cristo hasta el final de su vida.
Movido por un fuerte espíritu misionero, respondió al llamado de la Iglesia latinoamericana y viajó a la Argentina en 1969. Fue enviado a la diócesis de La Rioja, donde desarrolló su labor pastoral en comunidades humildes y rurales. Allí acompañó especialmente a trabajadores, familias pobres y jóvenes, viviendo un sacerdocio sencillo y profundamente comprometido con el Evangelio.
Trabajó estrechamente junto al obispo Enrique Angelelli y al sacerdote Carlos de Dios Murias, formando parte de una Iglesia cercana al pueblo y comprometida con la dignidad humana y la justicia social desde la fe cristiana. En medio del clima de violencia y persecución que atravesaba el país en los años 70, Gabriel Longueville permaneció fiel a su misión pastoral, aun sabiendo los riesgos que corría.
El 18 de julio de 1976 fue secuestrado junto al padre Carlos de Dios Murias en la ciudad de Chamical, provincia de La Rioja. Ambos fueron asesinados después de sufrir torturas, en un crimen que la Iglesia reconoció como martirio por odio a la fe. Su entrega y fidelidad al Evangelio quedaron como testimonio de amor a Cristo y servicio al pueblo de Dios.
Fue beatificado el 27 de abril de 2019 junto con Enrique Angelelli, Carlos de Dios Murias y Wenceslao Pedernera. La Iglesia lo recuerda como un sacerdote misionero humilde y generoso, que entregó su vida sirviendo a los pobres y permaneciendo fiel al Evangelio hasta el final.

Se trasladó junto a su familia a la provincia de La Rioja, donde trabajó en tareas agrícolas y participó activamente en movimientos apostólicos y comunitarios inspirados por la doctrina social de la Iglesia. Integró cooperativas rurales y grupos cristianos dedicados a promover la dignidad de los trabajadores, la solidaridad y la ayuda mutua entre las familias campesinas. Su compromiso nacía de una profunda fe en Jesucristo y de su deseo de construir una sociedad más justa y fraterna.
Wenceslao Pedernera colaboró estrechamente con la pastoral impulsada por el obispo Enrique Angelelli y compartió el espíritu de una Iglesia cercana a los pobres y comprometida con el pueblo. En el contexto de violencia y persecución que atravesaba Argentina durante la década de 1970, comenzó a sufrir amenazas debido a su participación cristiana en favor de los trabajadores rurales y las comunidades humildes. Aun así, permaneció fiel a su fe y a sus convicciones evangélicas.
En la noche del 25 de julio de 1976, un grupo armado llegó a su casa en Sañogasta, La Rioja, y le disparó delante de su esposa y sus hijas. Gravemente herido, murió al día siguiente perdonando a sus agresores y proclamando su fidelidad a Dios. La Iglesia reconoció su muerte como martirio por odio a la fe, destacando especialmente su testimonio como padre de familia y laico comprometido con el Evangelio.
Fue beatificado el 27 de abril de 2019 junto con Enrique Angelelli, Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville. La Iglesia lo recuerda como ejemplo de santidad vivida en la vida familiar, el trabajo y el compromiso cristiano con los más necesitados.-
Fray Mamerto Esquiú desarrolló una intensa misión pastoral y educativa. Enseñó filosofía y teología, formó jóvenes religiosos y predicó numerosas misiones populares. Su palabra clara y profunda despertaba admiración entre el pueblo, especialmente por su capacidad de unir la fe cristiana con el amor a la patria, la justicia y la convivencia fraterna.
Se hizo especialmente conocido en 1853, cuando pronunció su célebre “Sermón de la Constitución” en Catamarca. En aquel mensaje llamó a los argentinos a la unión nacional, al respeto de la Constitución recientemente sancionada y a la construcción de una patria basada en valores morales y cristianos. Sus palabras tuvieron gran repercusión y lo convirtieron en una figura muy respetada en todo el país.
Años más tarde fue nombrado obispo de Córdoba. Como pastor se destacó por su sencillez, cercanía con los pobres y entrega total a la misión evangelizadora. Recorrió extensamente su diócesis, promovió la educación cristiana, fortaleció la vida sacramental y acompañó especialmente a las comunidades más alejadas y necesitadas. Vivió con austeridad franciscana y gran espíritu de servicio.
Murió el 10 de enero de 1883 en la localidad de El Suncho, provincia de La Rioja, mientras realizaba una visita pastoral. Fue beatificado el 4 de septiembre de 2021 en Catamarca. La Iglesia lo recuerda como un pastor sabio y humilde, defensor de la unidad, la paz y los valores cristianos en la vida social y política de la Argentina.-
Desarrolló gran parte de su ministerio en la región del Chaco salteño y jujeño, trabajando especialmente entre pueblos originarios. Su tarea pastoral estuvo marcada por el anuncio del Evangelio, la defensa de la dignidad humana y el deseo de construir vínculos de paz y fraternidad entre las comunidades. Era reconocido por su espíritu de sacrificio, humildad y profunda vida de oración.
Impulsado por un gran celo misionero, emprendió junto al sacerdote italiano Giovanni Antonio Solinas una misión evangelizadora hacia zonas muy difíciles y peligrosas. Ambos sacerdotes buscaban acercar la fe cristiana y acompañar espiritualmente a comunidades indígenas que vivían en contextos de violencia y conflictos territoriales.
El 27 de octubre de 1683, mientras realizaban esa misión en la región del Zenta, actual provincia de Salta, fueron asesinados junto a numerosos laicos indígenas que los acompañaban. La Iglesia reconoció su muerte como martirio, al considerar que entregaron su vida por fidelidad al Evangelio y a su misión evangelizadora.
Pedro Ortiz de Zárate fue beatificado el 2 de julio de 2024 junto con el padre Giovanni Antonio Solinas y sus compañeros mártires. La Iglesia lo recuerda como uno de los primeros grandes misioneros nacidos en territorio argentino y como testigo valiente de la fe cristiana en América del Sur.-
Movido por ese espíritu misionero, fue enviado a América del Sur y desarrolló su ministerio en el actual territorio argentino. Trabajó especialmente en regiones del norte, dedicándose a la evangelización de comunidades indígenas en zonas de gran dificultad y aislamiento. Su tarea pastoral estuvo marcada por la sencillez, la entrega y un profundo respeto hacia los pueblos originarios.
En su misión conoció al sacerdote Pedro Ortiz de Zárate, con quien compartió el deseo de anunciar el Evangelio y acompañar espiritualmente a las comunidades del Chaco y del norte salteño. Ambos emprendieron juntos una misión evangelizadora hacia la región del Zenta, acompañados por laicos indígenas cristianos. A pesar de los riesgos y tensiones existentes en la zona, permanecieron firmes en su misión pastoral y en su confianza en Dios.
El 27 de octubre de 1683 fueron asesinados durante esa misión junto a varios de sus acompañantes indígenas. La Iglesia reconoció su muerte como martirio por odio a la fe, al considerar que entregaron su vida por fidelidad a Cristo y al anuncio del Evangelio.
Juan Antonio Solinas fue beatificado el 2 de julio de 2024 junto con Pedro Ortiz de Zárate y sus compañeros mártires. La Iglesia lo recuerda como un misionero jesuita generoso y valiente, que dedicó su vida a la evangelización y al servicio de los pueblos originarios de América del Sur.-
Desarrolló una destacada labor pastoral y académica, especialmente en el ámbito de la formación sacerdotal y la reflexión teológica. Fue rector del seminario de Buenos Aires y más tarde obispo auxiliar de La Plata. Su profunda espiritualidad, sencillez y capacidad de escucha hicieron que fuera muy valorado tanto por sacerdotes como por fieles. Vivía su ministerio con un fuerte espíritu de servicio y cercanía humana.
En 1972 fue nombrado obispo de Mar del Plata y posteriormente ocupó importantes responsabilidades dentro de la Iglesia universal. El Papa San Pablo VI lo llamó a Roma, donde desempeñó diversos cargos en la Santa Sede. Participó activamente en la vida de la Iglesia durante los pontificados de Pablo VI, Juan Pablo I y San Juan Pablo II, siendo una figura destacada del episcopado latinoamericano.
Entre sus servicios más recordados se encuentra su labor como presidente del Pontificio Consejo para los Laicos, donde impulsó especialmente la participación de los jóvenes en la vida de la Iglesia. Fue uno de los grandes promotores de las Jornadas Mundiales de la Juventud junto a San Juan Pablo II. Su mensaje insistía constantemente en la esperanza cristiana, aun en medio del sufrimiento y las dificultades humanas.
A lo largo de su vida enfrentó enfermedades y momentos difíciles con profunda fe y serenidad. Murió el 5 de febrero de 1998 en Roma, dejando un recuerdo de bondad, humildad y amor a la Iglesia. Fue beatificado el 16 de diciembre de 2023 en el santuario de Luján. La Iglesia lo reconoce como un pastor lleno de esperanza, cercano al pueblo de Dios y testigo fiel del Evangelio.-













